La historia de David y Arauna es una clase magistral de adoración. David pudo haber tomado la tierra y los animales gratis, y todos lo habrían llamado un milagro. Todos habrían dicho: “¡Es Dios!”
Pero David tenía otra mentalidad: “No ofreceré al Señor mi Dios algo que no me cueste nada.”
Esto no se trata solo de dinero, se trata de valor. El honor siempre cuesta algo: tiempo, comodidad, conveniencia, orgullo. La adoración verdadera no es la que se ajusta a tu agenda… es la que demuestra tus prioridades. David nos enseña que cuando realmente valoras a Dios, no buscas la versión más barata de la obediencia, buscas la más verdadera.
2 Samuel 24:24
Pero el rey respondió a Arauna:
—Eso no puede ser. No voy a ofrecer al Señor mi Dios holocaustos que nada me cuesten. Te lo compraré todo por su precio justo.
Fue así como David compró el lugar donde se limpia el trigo y los bueyes por cincuenta siclos[a] de plata.
Romanos 12:1
Sacrificios vivos
Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezcan su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.
En nuestra fe, muchas veces buscamos atajos disfrazados de bendición. “Funcionó.” “Se abrió la puerta.” “No me costó nada.” Pero no toda puerta abierta conduce a la obediencia. A veces Dios nos permite elegir entre lo fácil y lo que honra. David entendió que la adoración sin sacrificio puede verse espiritual, pero no tiene peso. La adoración real deja evidencia: cuesta tiempo, atención, humildad y esfuerzo. Y Dios siempre responde a una adoración que cuesta algo.
📍 Pregunta para platicar:
¿Qué “costo” has estado evitando últimamente (tiempo, una disculpa, disciplina, esfuerzo) que en realidad podría ser la puerta a tu crecimiento espiritual?